Castilla

Estación de tren de pequeña capital de provincia. Cuatro de la tarde. Hace mucho rato que pasó el último tren y tardará aún más en volver a pasar el siguiente. Silencio. Una pareja de ancianos cargados de bolsas, una chica con un niño, un empleado de la estación. Todos parecen caminar despacio, más despacio. El tiempo parece detenido.

Al otro lado de las vías, frente a mí, se extiende ardiente la estepa castellana. Los campos de cereal mecidos por la suave brisa, extendiéndose en una llanura mullida, llenos de juventud, pujanza y esperanzas entre la primavera y el asador verano castellano. Más allá, mezclándose con el horizonte, unas colinas resecas cierran el paisaje, apenas unos matojos cubren su desnudez. Y el sol, siempre el sol, un sol vertical de junio que convierte el aire en fuego y pinta de gris metálico el cielo.

El termómetro marca treinta y seis grados y el reloj ha dejado de correr. Mis ojos se llenan de Castilla, me acuerdo de Machado y siento un poco más cerca esta seca, amable, vieja y olvidada tierra.