Carta a la derrota

Leo en el periódico una pequeña esquela con tu nombre bajo una cruz. Sonrío al pensar lo que hubieses dicho al verlo tal y como yo lo estoy viendo ahora, seguramente habrías protestado con fuerza, “nunca en mi vida he agachado la cabeza ante los curas y no lo haré una vez muerto”. Pero no quisiera imaginarte peleando incluso en la muerte. Quisiera pensar que has muerto en paz, que tus últimos pensamientos han sido una sosegada aceptación de tu derrota, que has muerto pensando que tu vida no ha sido un tiempo perdido, que tu lucha no ha sido en vano. Pero como una sombra que me persiguiera, tengo el convencimiento de que has cerrado los ojos por última vez aún con el puñal en los dientes, apurando hasta la última gota de tu cáliz personal. Te imagino en tu cama, soportando estoico el dolor, para el que estás bien preparado tras una larga vida de pesares y sufrimientos. Quizás hayas tenido la lucidez suficiente para revisar los tormentosos caminos que te han llevado hasta ese último momento, quizás has podido verlo desde la distancia, como si no fueses protagonista de los hechos, sólo su imaginador­, tal y como yo pretendo hacerlo ahora.

Me contaban que a menudo te despertabas gritando en medio de la noche, te despertabas sudando y temblando tras haber revivido en una pesadilla de nuevo las explosiones, la sangre, la muerte rodeándote de mil formas por todas partes. En los últimos tiempos seguro has recordado con frecuencia aquella guerra en la que tantas veces pudiste morir y que, alguna vez, años más tarde deseaste hubiese ocurrido. La derrota, esa derrota que se ha convertido en tu inseparable compañera persiguiéndote como un fantasma toda tu vida. Quizá la magnitud de los hechos haya ensombrecido tu memoria hasta hacerte olvidar por lo que luchaste, por lo que pudiste morir, por lo que murieron tantos amigos y compañeros. Pero seguro que no habrás olvidado ese momento amargo, el más amargo, en que supiste que no quedaban esperanzas,  que vuestros  sueños estaban condenados a morir sin remedio, ese día en que creíste morir un poco.

A menudo decías que el olvido era imposible para ti, que tu cuerpo almacenaba en lesiones y cicatrices toda tu vida. En tu maltrecha espalda tenías grabados aquellos años terribles picando piedra de sol a sol, construyendo el monumento que el tirano quería levantar a la infamia. Sólo un último resquicio de fuerza de voluntad te mantenía vivo, el deseo de ser testigo de que aquel mausoleo era ocupado por su destinatario, la esperanza de ver como el carnicero conocía también el sabor de la muerte. El dolor físico, rozando siempre lo insoportable, servía, al menos, para enmascarar los espectros que amenazaban con devorar tu alma; seguir vivo un día más, eso era lo único que importaba, lo que mantenía tu mente ocupada a cada instante. Y cuando pensabas que lo peor ya había pasado te obligaron a convivir con el miedo, el silencio, la mentira y la desesperanza. Demasiados años de mirar furtivamente hacia atrás por encima del hombro al doblar cada esquina, demasiados años de respirar  la miseria cruel en que os encerraron, demasiada tristeza, demasiados sueños rotos para convivir con ellos a diario.

Te prometiste vivir tu amargura y tu derrota en silencio, te juraste nunca más volver a ala lucha, renunciar a soñar. Pero una mañana la alegría volvió a las calles, el silencio se rompió y en tu corazón que creías ya yerto y estéril volvió a entrar la primavera. Y pensaste que aún no era tarde, que quedaba una oportunidad para vivir la libertad, la auténtica libertad. Y como el tuyo, rejuvenecieron aquella primavera y volviste a ver el color de las calles, los viejos símbolos, las viejas canciones, los viejos gritos. Y aún tan cansado reuniste tus maltrechas ilusiones y se las entregaste en un sobre para que convirtieran las palabras en hechos, para que ellos continuaran tu lucha como prometieron. Pero no sospechaste siquiera que te estaban engañando, ¿quién iba a suponerlo? Y viste como la realidad te estafaba una vez más, como sus promesas se convertían en mentiras, como firmaban pactos de silencio con los asesinos, como estrechaban sus manos manchadas de sangre y ocultaban su mezquindad con los símbolos por los que un día luchaste y bajo las canciones que antaño cantaste. Y sentiste en tu pecho el amargo peso de la vergüenza, de la vergüenza enorme que ellos no sentían. Has pensado muchas veces en los últimos tiempos que todo ha sido en vano, has deseado que una de aquellas balas que rompieron el pecho de tantos compañeros estuviese destinada a  ti. Pero quiero que sepas que aunque haya un solo brazo que quiera continuar tu lucha, una sola voz que grite que basta ya de mentiras y de injusticias, un solo corazón que sienta que es tiempo de borrar el miedo de las calles y devolvérselas a la libertad, una mente que piense que aún es tiempo, que ya es tiempo de cambiar; tu vida  habrá tenido un sentido, que si bien no cambiaste el mundo, no permitiste que él te cambiase a ti y conseguiste abrir la mente y el corazón  de muchos que siento como me acompañan al escribirte estas líneas.