Una pareja de autostopistas

Tienen sus mochilas tiradas sobre el asfalto, en sus caras y en sus ropas se observa la huella de los kilómetros y el cansancio. Como náufragos en espera de rescate muestran su cartel a los coches que pasan veloces y ajenos, sin hacerles el menor caso. De vez en cuando abandonan su búsqueda y su espera para fundirse en un abrazo largo y profundo. Hunden su cabeza sobre el hombro del otro buscando refugio en su contacto y en su olor. Algunas veces se apartan ligeramente y se miran con fijeza y ternura a los ojos, para volver a abrazarse con más fuerza aún. Y así pasan los minutos, tal vez las horas, esperando que haya alguien que no se asuste de su aspecto de mochileros cansados y se apiade de ellos. Quizá al final no les quede más remedio que rendirse y aflojar sus pocas pesetas para dos billetes de autobús. ¿Hacia donde se dirigen? ¿Qué aventuras habrán vivido y cuantas se encontrarán en su camino? ¿Cuánto tiempo más seguirán soportando mochilas y kilómetros y soportándose el uno al otro? ¿Cuánto tiempo conseguirán vencer a la penuria con sonrisas y besos? Quizá el destino les mantenga unidos cuando llegue el invierno. Quizá el otoño les haga separarse. Y en realidad, ¿importa? Si acaso el tiempo es un engaño, si prescindimos de pasado y futuro, meros artificios de la mente, la historia del universo es un instante y un segundo es la eternidad, es indiferente, entonces, amarse tres meses o hacerlo tres años. Si vuestro amor ha sido sincero la despedida será dolorosa haya pasado un verano o sean diez. Si vuestro adiós viene con el fin de las vacaciones, cuando la rutina os reclame puntual de nuevo, no os importe, durante unas semanas lo habréis sido todo el uno para el otro, y esas semanas han sido vuestra eternidad. También durante un instante (o una eternidad) habéis iluminado mi día, también durante una eternidad (o un instante) con vosotros he amado.