Cahecho

El olor inconfundible y familiar de la madera de cagiga ardiendo en la chimenea me llega a través del húmedo aire matinal, un olor que me habla de paz, de hogar, de regreso. Olor como el sutil perfume de su piel, esa piel suave y blanca cuyo sólo contacto me llena de felicidad, me enciende y arrebata y me obliga a regresar una y otra vez. El camino se empina poco a poco a la vez que se cierra sobre mí acosado por la maleza, por una vegetación libre y salvaje imposible de dominar. Rebelde sin pausa, como su pelo oscuro y fuerte, rizado y montaraz. Su pelo que entre mis manos se desliza como el viento, acariciándome y acariciándola, sintiéndolo volar entre mis dedos. Siento en mi cara el beso incansable del viento soplando sobre mi rostro, un viento vivo del norte que mece las ramas de los árboles acompasadamente, como movidas por una invisible coreografía de hilos de marioneta. Como el movimiento incesante de su cuerpo cansado de mil batallas contra sí mismo, su cuerpo a la vez cristal y acero, a un tiempo hierba y roble, y siempre lugar de regreso. Mis pasos errantes por el monte me conducen junto a un riachuelo de aguas limpias y frías que se precipitan cascada abajo para engrosar otro de mayor caudal, de profundo y hermoso verde. Del mismo verde que sus ojos color de primavera en los que tantas veces se reflejó el otoño de los míos encontrando siempre en ellos una respuesta.

Cae la tarde sobre la aldea, los rigores puntuales de diciembre se dejan sentir en la atmósfera. Las chimeneas hacen ondear sus penachos de humo, las primeras luces se ven tras las ventanas, el silencio comienza su guardia nocturna. Es la hora de volver a casa, al hogar, al fuego, al calor, a sus brazos, a sus labios.