Lucía

Frágil como rosa de invernadero camina lentamente por las húmedas calles de enero. Lleva su hermosa melena peinada de tal manera que oculte su rostro a los que se encuentra en su camino, la mirada siempre gacha y esquiva, en un inútil intento por evitar las miradas inquisitorias de los demás. Tiene miedo, miedo a leer en otros ojos lo que ella ya sabe. No soporta ver los rostros de espanto, sorpresa y lastima con los que suele tropezarse al levantar la vista del suelo. Porque ella lo sabe, ella lo sabe todo. Por eso sonríe, para no arrojar sobre los demás su pesada carga, por eso está tan sola, nadie se asoma al abismo insondable de su corazón de cristal. Ella no le pide tanto a la vida, ha aprendido ya con dolor que es un esfuerzo inútil, pero eso no es una rendición, sólo un intento por encontrar un pequeño espacio para ella en el mundo, un lugar y un tiempo en que no necesite esconderse, en que vuelva a llamarse  Lucía.

Pero Lucía se equivoca, no es ella quien tiene que esconderse, no es ella quien debe avergonzarse de ser lo que es; más bien deberían esconderse aquellos que la evitan, más bien deberían avergonzarse aquellos que la cierran sus puertas sin detenerse a pensar un solo instante que tras ese rostro castigado por el destino se haya una mujer que siente y entiende, que vive y quiere vivir, que tras esas cicatrices se haya Lucía.

 

 

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