Pequeño Uruguay

Fue una suave noche de invierno. Nuestro barco se balanceaba suavemente mecido por la brisa. El mar lanzaba brillantes destellos encendidos por los rayos de luna. Ante la proa se mostraban las primeras luces del puerto. ¿Dónde estábamos? No era fácil decirlo, navegábamos sin brújula, sin más rumbo que el que nos marcasen el viento y las corrientes. Suponíamos encontrarnos en alguno de los puertos de Levante donde poder descansar algún tiempo y disfrutar del vino y el sol. Nos equivocábamos. Una bandera junto a la bocana del puerto nos dejó helados. Nos miramos confundidos, ¿qué extraño país es éste del que no conocemos su bandera? No hubo tiempo de hacerse más preguntas. Pronto nos vimos arrastrados por unos fuertes brazos amigables a sentarnos alrededor de una mesa. Y allí comenzó todo. Los platos se llenaban de comida para pasar de inmediato a las bocas hambrientas, el vino corría como lo hacía nuestra renacida sangre por las venas, las risas, la hospitalidad, la camaradería sincera. Pronto nadie era extraño, nadie extranjero, todos éramos amigos en aquella noche de invierno. Luego comenzó la música, arrastrando tras de sí caravanas de recuerdos de lejanas tierras que duelen en el alma a través de las distancias. Aquella noche rodeado de compañeros arrastrados a aquellas costas desde varios y diversos puertos, aquella noche en que se borraron de pronto todas las fronteras, en que los hombres se hicieron hermanos por encima de mezquindades y egoísmos; aquella noche comprendí que la hospitalidad es la más humana de las virtudes.

El barco abandonaba el puerto camino de alta mar iniciando una nueva singladura. Sin embargo, nuestros ojos se perdían tras la popa del buque, clavando la mirada en aquella costa, en aquel país mágico, el Pequeño Uruguay.

 

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