Ancares

Avanzamos río arriba como avanza el salmón en su último esfuerzo camino de su fin y de su origen que en su caso, quizá también en el nuestro, se confunden. Remontamos la corriente como la remonta el salmón guiado por la voz del instinto, la memoria colectiva y la sangre. Y el río, el camino, nos conduce al corazón del paisaje celta, el río corre al fondo del valle desgranando aldeas antiguas, rodeando los montes dorados, verdes, negros, vestidos de otoño con su milenario manto de brezo.

Caminar entre las casas de piedras con memoria, observar desde el alto los negros tejados de pizarra, sentir como el pasado se hace presente al ver una palloza, beber del arroyo que corre bajo los castaños, comer de las moras que crecen al borde del camino, notar como la voz antigua de la sangre se hace viva en mis oídos a cada palabra escuchada, dejar que el frío de la tarde penetre en las almas y las cubra de la dulce melancolía del fuego de otoño y seguir caminando, más lejos, más arriba, más adentro del corazón celta de la tierra.

No puedo evitar que durante todo el camino me acompañe la voz que desde el pasado me habla. Es la voz de la sangre, la memoria de lo no vivido. Por estos parajes, por estas montañas caminaron mis antepasados, quizá hollaron los mismos caminos perdidos en el brezo. Mucho hace de aquello, y sin embargo lo siento como propio y cercano, sus voces me hablan y me llenan de alegría, añoranza, nostalgia y conocimiento. Hoy he sabido mucho más sobre quien soy. Hoy sé.

 

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