Gibraltar

Gibraltar es una isla. Pertenece a esa rara categoría de islas que no son hijas de la geografía, lo son de la historia. También es un anacronismo, un error, una ofensa para unos, un orgullo para otros, simplemente una curiosidad histórica, geográfica, sociológica.

Gibraltar es un escenario inglés. El centro de la ciudad parece sacado de cualquier pequeña localidad de las Midlands, sus pubs, sus tiendas, sus parques, Churchill Avenue, Main Street, Victoria Stadium. Hoy, poco antes de navidad las calles aparecen con tendereted de caridad, villancicos y la inevitable iconografía navideña de los cuentos de Dickens. Pero si el escenario es inglés, los actores tienen el maravilloso sabor de las mezclas. Ingleses con voz gaditana, andaluces de aire británico, judíos camino de cumplir con el sabbath, árabes, hindúes. No hay mejor descripción que escuchar aquella famosa frase: “nozotro zemo británico”.

Gibraltar es, en fin, uno de los cantos de cisne del imperio, de lo que fue y ya no es ni nunca más será. Un cierto orgullo colonial, god save the queen, britannia rules the waves, verbos, todos ellos que se conjugan en tiempo pasado. Barracones abandonados, fortalezas vacías, el mito de la piedra hueca y llena de poderosos arsenales, mástiles herrumbrosos, restos de guerras antiguas o aún imaginadas, los ecos de viejos himnos militares se pierden en las aguas del estrecho. Aguas vigiladas por mil ojos, antenas y radares que escrutan el aire y el agua, frente a esas costas africanas, a la vez atrayentes y amenazadoras.