Soria

Paseo por Soria, calles llenas de vida, familias paseando, mujeres en los bancos del parque, ancianos mirando a través de los cristales de algún café. Paseo y observo. Me invade una extraña sensación, sensación de pertenencia, de arraigo. Nunca mis pies han pisado estas piedras y sin embargo. Soria tiene ese aroma indefinible del lugar al que regresar, de puerto seguro y acogedor. Alimento el mito, Machado me acompaña con su Campos de Castilla en el placentero descenso hacia el Duero “he vuelto a ver los álamos dorados, álamos del camino en la ribera del Duero”. Allá al frente me espera San Saturio, envuelto en un dorado atardecer que lame el río. Me siento a esperar, como parece hacer esta ciudad perdida y olvidada en el corazón de Castilla. Más lejos se pierden en el paisaje duro las imágenes del recuerdo, el Moncayo enseñoreándose del límite castellano-aragonés, la estepa amarillenta y fragante en espera de la mano sabia que la siegue, los fantasmas que esperan en los recodos del camino hacia Numancia, atalaya eterna de la historia y de estas tierras celtíberas a menudo regadas con sangre.

Paseo por Soria, las luces de las farolas comienzan a encenderse, las gentes van cediendo su espacio en las calles al silencio. Anochece en Soria, es la hora del regreso. Siempre es la hora de regresar, porque Soria siempre espera.

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