La memoria de la sangre

Veo en la lejanía un hombre, parece joven, sus rasgos, sus gestos así lo indican, pero el trabajo y las penurias han dejado ya en su rostro y sus manos su marca inconfundible. Prepara su equipaje, una vieja maleta de madera, acaso un miserable hatillo sirva para portar sus escasas pertenencias. Una mujer le observa en la sombra, el dolor y la esperanza pintados en sus ojos la delatan como madre. El se va, sabe con certeza y fatalidad que acaso marcha para nunca volver, pero no hará nada por detenerle, es el signo de los tiempos, piensa, los jóvenes tienen derecho a buscar una vida mejor. Así le ve pisar el umbral vestido con sus mejores, y aún así pobres, ropas. El joven da unos pasos tímidos y vuelve su mirada hacia la vieja palloza que ha sido su hogar. El humo se filtra por el tejado, en nada se distingue del resto de la pequeña aldea. A medida que se aleja su pensamiento va ensanchándose. Primero piensa en su casa, en su madre, en sus animales, luego sus ojos pueden abarcar ya toda la aldea, despertando silenciosa a la primavera. A medida que su camino desciende y se aleja su recuerdo abarca toda la montaña, O Cebreiro, dice en voz alta conjurando su nombre para nunca ser olvidado. Un recodo del camino le aparta ya sus montes de la vista. Con decisión decide apretar el paso y mirar al frente, hacia ese oriente donde entre las  piedras de una mina debe encontrarse su futuro. Porque ese es el camino que la vida le marca, cambiar sus montes verdes y pardos por las entrañas de una montaña de piedra y mineral.

Veo en la lejanía un hombre, parece cansado. Recuerda algunos nombres, Cabarga, Cabárceno. El destino le espera en un pueblo minero que bulle y  se atarea ante la nueva riqueza descubierta con el cambio de siglo. Viene a quedarse, a ganarse el pan arrancando mineral de las entrañas de la tierra, esa será su vida. El viaje ha terminado. El no puede imaginarlo, pero ese viaje hace que más de cien años después su propia sangre escriba estas letras en su memoria.

 

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