Cuatro Caminos

Amanecer de febrero. Sobre las calles aún muertas se abalanza una multitud de rostros somnolientos. Caras extrañas camino de trabajos subterráneos. Caras de emigrantes, rostros morenos y cobrizos limpiando la basura de la civilización occidental, inaugurando una nueva categoría social, los sirvientes de los esclavos.  Es muy tarde para el deseo y demasiado pronto para el amor, cantaba Sabina cuando Sabina cantaba bonitas canciones. Esta mañana suenan otras músicas, lejanas y fuera de lugar en este erial asfaltado. Camino hacia Cuatro Caminos entre la marea humana, entre culturas y continentes arrojados a esta desolada playa. Buffalo soldier, fighting at arrival, fighting for survival . canta Marley ahora delante de una cafeteria. Otras músicas en el aire o en el alma pueblan la calle, saliendo del metro, esperando a las puertas del supermercado, vendiendo desesperanza en los semáforos o simplemente viendo pasar el tiempo y la gente, quien sabe si con tristeza, resignación, rabia o indiferencia. Es lo mismo, son invisibles, en las aceras, tras las barras de los bares o en el asiento de al lado en el autobús, pasan por la vida como fantasmas sin huella, para hacerse reales sólo cuando saltan a las amarillentas páginas de algún periódico. Sólo hay una cosa peor que la soledad, canta un poeta callejero a la indiferencia, sólo hay una cosa peor, la soledad en la miseria.

 

Cornalvo

Nunca la historia ha logrado llegar a mi alma como lo hace la geografía, ninguna maravilla nacida de la mano del hombre ha logrado emocionarme en la misma medida que lo han podido hacer un bosque, una montaña o un río. Contemplar una obra de ingeniería de la época romana me admira y asombra, como puede maravillarme una cripta románica o un templo griego, pero emocionar, lo que se dice emocionar, muy rara vez. La historia, los restos de civilizaciones perdidas, admirables o execrables, se acomodan con gozo en mi mente. Las obras que ha grabado en la Tierra la naturaleza tras miles de años de trabajos hercúleos llenan de placer mi corazón. Pero hay ocasiones en que la historia, la mano humana, parece completar la obra natural, pocas veces, es cierto, pero esas pocas sirven para justificar  varios siglos de civilización, para perdonar cien atrocidades. Embalse de Cornalvo. La palabra embalse resulta ofensiva aquí, nos habla de máquinas infernales doblegando ríos, de pueblos y campos anegados. Sin embargo aquí la antigua piedra que detiene el agua parece formar parte de la naturaleza, parece nacida de la propia tierra. Es una presa romana, adornada por dos mil años de historia, a día de hoy sigue teniendo uso práctico, lo cual llenaría, sin duda, de gozo al ingeniero que la construyó, criado en el espíritu práctico de los prácticos romanos. Pero siendo en ello admirable, lo es más aún por la forma en que fue construido, confundiéndose con el hermoso entorno. Un denso encinar lo rodea, coronando las suaves colinas circundantes, el bosque de encinas, carrascos, sabinas y alcornoques que antaño cubría y protegía grandes zonas de la península y hoy reducido a montes y peñas como un fugitivo. La vida se siente más que se ve. La vida late en el bosque. La vida refugiada en este rincón de esta tierra dura y generosa.