La música subterránea

Un acordeón lleno de parches y remiendos y un violín con mil y una magulladuras entran en el vagón. Llevan escritos en la piel todos los kilómetros del mundo, de la huida, de la búsqueda. Músicas que acercan vientos del Este, de los Cárpatos, los Balcanes o que sé yo. Una canción, dos estaciones, un monedero abierto, una mirada fugaz sin un adiós. Tres minutos de canción ¿qué valor pueden tener? Un suspiro que al salir del metro se habrá olvidado, tal vez un plato  de comida, un pequeño quiebro a la miseria, al olvido, a la nostalgia, a la desesperación, un grano de arena, apenas nada.

Por las venas de la ciudad devoradora de sueños se mueven en busca de la esquiva esperanza, una moneda por una canción, salen perdiendo en el cambio.

 

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