Viento sur

El viento del sur sopla incansable envolviéndonos en un calor incómodo. El sur, uno de los fantasmas de esta tierra. El sur, él que aviva los incendios más salvajes, los que devoran de un solo y ardiente bocado montes y ciudades. El sur, el que altera a los locos y enloquece a los cuerdos. El sur.

Un amigo forastero me mostraba hace tiempo su sorpresa al descubrir la inquietud en nuestras caras cuando se anunciaba viento sur. En otoño, pensaba él, calorcito, sol, ¿cuál es el problema? Ojala el viento viniese realmente del sur, le conté,  y trajese consigo sus olores y colores, su calma y su alegría, un cierto arte de vivir que dicen por allí tener. Nada más lejos de la realidad, frente a la poesía el llamado efecto foehn. El aire se seca y adquiere velocidad al cruzar una cadena montañosa convirtiéndose en un viento seco, cálido y de gran fuerza. El sur, el de los incendios, el de los dolores de cabeza, el de los locos.

 

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Justificación

Es una pena, me decía un amigo no hace mucho, apenas escribes últimamente, al menos mucho menos que hace cuatro, cinco o seis años. La pena era, y son palabras suyas, que había llegado un momento en que parecía que podía llegar a escribir bien. Será que no tengo nada que contar, le contesté tomándome a broma lo que, sin duda, no lo era.

Aquella ocurrencia, ni brillante ni original, al menos me pareció oportuna. Hoy, además, me parece que es verdad. Seguramente no tenga demasiado que contar, o mejor dicho, lo que tengo que contar o lo que puedo contar no le interese a demasiada gente. En la época que recordaba aquel amigo dudo que lo que tuviese que contar fuese más interesante. Simplemente era más vanidoso. Borges afirmaba enorgullecerse de los libros que había leído, no de los que había escrito, también que el acto de leer era más humano, más civil, que el de escribir.

Me cuesta más escribir, es cierto, pero me cuesta menos leer, pasear, perderme en el monte, mirar las nubes, sentir el viento, meter las manos en la tierra, beber vino, reírme de mi sombra.

 

Domando caballos en las praderas de Mongolia

La primera vez que apareces en un papel, seguro que vendrán muchos más. Mi corazón late un poco más deprisa, reconozco que me siento un poco extraño e incomodo. Es pueril, puedes pensar, incluso estúpido, y yo estaré de acuerdo contigo. Pero es como me siento ahora mismo. Hoy, sin ninguna explicación he cogido el disco de los hermanos Guo. Y, claro, hasta para alguien con tan poca imaginación como yo esa música me evoca a ti. Domando caballos en las praderas de Mongolia, Bailando y cantando en el pueblo, Primavera en las montañas del Pamir. En su día cuando el disco llegó a mis manos era música, música hermosa y evocadora, pero sólo música. Hoy en cambio, es una ventana abierta al futuro, al tuyo (más largo) y al mío, que al menos, durante un tiempo caminarán unidos. En un momento de ese tiempo futuro, que cuesta tanto conjugar, este disco pasará por tus manos y tus oídos, quizá por tu corazón. Y será música, o tal vez algo más y el círculo se cierre. Domando caballos en las praderas de Mongolia será algo más que una canción, o será uno de tantos objetos que ocupen lugar en nuestro mundo cuyo significado no sea más que un párrafo en un folio, probablemente olvidado, escrito una noche mientras una canción me acercaba a ti. Quien sabe. Nuestra historia aún está por escribirse.