Justificación

Es una pena, me decía un amigo no hace mucho, apenas escribes últimamente, al menos mucho menos que hace cuatro, cinco o seis años. La pena era, y son palabras suyas, que había llegado un momento en que parecía que podía llegar a escribir bien. Será que no tengo nada que contar, le contesté tomándome a broma lo que, sin duda, no lo era.

Aquella ocurrencia, ni brillante ni original, al menos me pareció oportuna. Hoy, además, me parece que es verdad. Seguramente no tenga demasiado que contar, o mejor dicho, lo que tengo que contar o lo que puedo contar no le interese a demasiada gente. En la época que recordaba aquel amigo dudo que lo que tuviese que contar fuese más interesante. Simplemente era más vanidoso. Borges afirmaba enorgullecerse de los libros que había leído, no de los que había escrito, también que el acto de leer era más humano, más civil, que el de escribir.

Me cuesta más escribir, es cierto, pero me cuesta menos leer, pasear, perderme en el monte, mirar las nubes, sentir el viento, meter las manos en la tierra, beber vino, reírme de mi sombra.

 

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