El derecho a no saber

La radio lleva todo el día martilleando con la noticia de que un tribunal norteamericano ha dictado sentencia sobre si la teoría de la creación inteligente debe enseñarse en los colegios. Creo que es en Kansas donde lo enseñan, no sé si en lugar de las teorías de Darwin, o, simplemente como contraposición. Los sesudos tertulianos se regocijan en señalar con el dedo la ignorancia del imperio, con ese extra de superioridad con que se mira todo lo norteamericano.

Probablemente los clarividentes observadores de la realidad que pontifican a todas horas en las ondas tienen razón en su análisis, probablemente no sea más que un movimiento de fanáticos integristas. Otro más. Pero se me ocurre pensar en lo que ocurre en una sociedad para que el derecho de no saber, el derecho a la ignorancia sea un tema de debate público. ¿Qué hay detrás de todo esto? Ni idea, por supuesto. Pero no deja de ser paradójico que una verdad que se creía universal, la mil veces repetida inagotable sed de conocimientos del ser humano, ¿se ha agotado? Ya digo, probablemente no haya nada de esto y sea, simplemente otro paso más hacia la estupidez universal, que ya parece inevitable.

 

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Una navidad

Vísperas de Navidad, en un bar dos hombres conversan mientras tienen entre las manos sendos vasos de cerveza. Uno de ellos se fija en una revista que descansa en una esquina del mostrador. Es un suplemento dominical y, por supuesto, dadas las fechas, está dedicado a la Navidad. “El look más glamuroso”, “Las joyas más sofisticadas”, “Los regalos más sorprendentes”, “La decoración más íntima”, rezan los distintos titulares, mientras en el centro una hermosa modelo nos muestra un llamativo vestido de fiesta. El hombre sonríe con tristeza y se dirige al otro:

– Vaya mierda, no entiendo como pueden hacer un periódico lleno de miseria, de muertos en Irak, de mujeres asesinadas delante de sus hijos y a la vez vendernos esa falsa Navidad.

– Es la vida misma, tío, hay de todo, lo mejor y lo peor, así es el ser humano.

– Será pero a mí me parece casi pornográfico.

– Tienes razón, pero creo que exageras un poco.

– Al contrario, habría que exagerar más. Si ahora mismo una andanada de mundo real irrumpiese en la sede del periódico y le pegase fuego, no sería yo quien lo condenase.

– Me parece que estás un poco, o un mucho, en plan demagógico.

– Puedes llamarme demagogo, pero ¿mentiroso?