Siendo un chaval

Hace algunos años, siendo un chaval, como cantaban con la necesaria cantidad de mala leche Los Enemigos, había una serie de temas, eslóganes, frases y palabras, que conseguían encenderme. Me dolía la tierra, como pudiera haber escrito Amadeo Castaño. Me gustaba imaginar patrias y fronteras, países y naciones, como si todo ello no fuera una abstracción, que además de abstracta es falsa. Creía en algo que se podría llamar derechos colectivos, aunque hoy no sea capaz de definirlos.

Hoy soy más cabal (guiño). Hablando casi en serio, si es que existe eso que llamamos derecho, no crea que haya otros que no sean los individuales. Hablar de derechos colectivos (ejemplo: el derecho de autodeterminación) no es otra cosa que un invento extraordinario para camuflar lo que no es más que una forma de imponer una idea a los demás. Claro está, es mucho más vendible hablar de derechos que de imposiciones. No hay más motivo para que un colectivo quiera unirse, desunirse, llamarse nación o club de tenis, que su voluntad de hacerlo. Pero que lo decida el colectivo, no sus profetas. Y, sobre todo, que no usen excusas histórico-racial-culturales. Las excusas son para hacernos perdonar el pasado, no para justificar el futuro.