Identidad

Cuando usamos la primera persona para referirnos a nosotros mismos, ponemos mucho más interés en el verbo que en el pronombre. Usamos el yo con una naturalidad a la que no encuentro sentido. Si medimos la realidad en tres dimensiones, largo, ancho y alto, y una cuarta, el tiempo, con que razón puedo afirmar que un tal Conrado que se movía por el mundo hace quince años es el mismo que está escribiendo ahora mismo. Damos por supuesto que el tiempo es continuo, lo cual es tan falso o tan cierto como lo contrario. Analizando el ejemplo, aquél individuo, amaba el anonimato de las ciudades, éste la soledad de los montes. Aquél disfrutaba con la confrontación, le gustaban los extremismos y tener razón, éste prefiere el silencio y no perder el tiempo en luchas estériles. Aquél gustaba de perderse entre los versos más complejos, éste prefiere la prosa desnuda y precisa. Aquél creía que la verdad podía ser medida y pesada, observada y guardada en un cajón, y, por supuesto, el cajón lo tenía él. Éste sabe que la verdad está en todos lados y no está en ninguno, está en todas las cabezas y en todas está la equivocada. Éste sabe que cuanto más aprende y estudia menos sabe, lo cual, además, le parece una bendición del cielo.

 

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