Un árbol

Plantar un árbol. Detrás del gesto y del esfuerzo que supone plantar un árbol, cavar un hoyo, tomar la tierra entre las manos, hundir cuidadosamente las débiles raíces o la semilla,  tras todo eso se esconden la generosidad y el egoísmo humanos.

 

No me interesa aquel que planta un árbol con la esperanza de saborear en unos pocos años una fresca manzana o un jugoso melocotón, hablo de quien planta un castaño, un haya, un nogal, quien planta un árbol consciente de que éste le sobrevivirá, de que no será él quien lo disfrute cuando la planta adquiera su máximo esplendor. Quien planta uno de estos árboles lo hace con generosidad, sabiendo que su sombra, sus frutos, su madera, o simplemente su belleza los disfrutarán sus hijos, que está haciendo un regalo a ese dudoso tiempo futuro. Pero también lo hace para trascender, para acercarse a la eternidad. En ese árbol que con suerte un día será un gigante, habrá una pequeña parte de si mismo, el esfuerzo, la ilusión, la idea, unas migajas de ser en busca de la inmortalidad.

 

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