Felicidad

En la radio un sesudo psicólogo pontifica acerca de la felicidad. Afirma que la felicidad es consecuencia siempre de lograr aquello que anhelamos, cuando conseguimos algo que hemos deseado profundamente, al tenerlo en nuestras manos, experimentamos una gratificante sensación que hemos dado en llamar felicidad. El problema es que es una sensación efímera, cuando hemos logrado eso que queríamos, bien pasamos a temer su pérdida, bien comenzamos a desear otra cosa. En esta cadena de deseo – logro – temor la felicidad no puede ser otra cosa que instantes. En el siglo XIX, Joseph Metcalfe, seguidor de Thoreau, escribía que la felicidad es un sentimiento menor, como lo es el deseo o el miedo. El ser humano, decía, debe superar esa búsqueda de la felicidad, anhelo que no nos hace mejores que los animales, su objetivo debe ser librarse de la prisión de los deseos, logrado esto vivirá en un nivel de existencia superior, libre de ataduras y actuará según su moral, no según su instinto. Mucho antes, en oriente circulaba parecido mensaje por distintas corrientes morales, religiosas o filosóficas.

A lo largo de la historia del hombre cada época ha tenido unos rasgos que la definen, esta es la del progreso, la de la tecnología, la de la globalización económica… Cada época tiene unos rasgos que la definen, y definen al ser humano que vive en ella.

Milagros

Nunca quise ser uno de esos padres pesados que persiguen a amigos y familiares con fotos y videos, de hecho me cuesta hablar de estos temas, prefiero disfrutarlos con intimidad. También es cierto que ahora les comprendo. Es difícil de explicar y de entender el porqué emociona cada uno de los pequeños avances, de los pequeños pasos que el aprendizaje diario representa. ¡Se ha puesto un calcetín ella sola!, ¡ha comido la manzana sola!, ¡ha dicho por primera vez tal o cual palabra! Algo tan nimio, tan insignificante como cualquiera de esos hechos, no es nada, en realidad, para el mundo, pero es mucho, un pequeño milagro para este mundo pequeño, inapreciable, quizá egoísta, en el que he decidido vivir.