Poeta

Un día cualquiera, por azar, por diversión, como un juego, nuestro sujeto comienza a escribir. No importa lo que escriba, un poema, un relato, el esbozo de una novela o un ensayo, y no importa porque lo escrito acaba en mil pedazos dentro de la  papelera. Pero al día siguiente vuelve a intentarlo, y al otro, y al otro, hasta que un infortunado día al releer lo escrito hay más satisfacción que vergüenza. No se engaña, sabe que no es estimable, como mucho digno, pero es el comienzo. Y continúa escribiendo, poemas, relatos, novelas inacabadas, artículos, cada vez son más los salvados, siente que va, de una manera difusa, aprendiendo el funcionamiento del sistema y las palabras van ocupando folios y espacio en el disco duro. Pasan los años, hay épocas de mucha actividad y épocas de sequía, en estos se dedica a volver sobre antiguos trabajos, estimando, corrigiendo o eliminando. En uno de estos momentos lee sus poemas, setenta, ochenta lleva escritos. Los lee una, dos veces, y siente que algo no encaja, no se siente cómodo con ellos, los encuentra ajenos, fuera de su mundo. Comprende. Sabe que no ha sido, no es, ni será poeta. Con cuidado, como si se tratase de una reliquia,  los guarda en una carpeta y deja ésta en una estantería, acaso con el temor de tener que repetir este gesto más veces. Acaso con el miedo a no tener sensibilidad para escribir poemas, ni imaginación para escribir cuentos, ni fuerza de voluntad para escribir novelas.

 

Amores ridículos

En el escueto álbum de recuerdos amorosos que uno guarda caben varios que podrían entrar en la categoría de lo que podríamos llamar, plagiando a Kundera, como amores ridículos. Hace muchos años, más de veinte conocí a una chica de un pueblo algo apartado del mío. Sin carné de conducir, no quedaba otra que coger el autobús o hacer autostop, o como se decía entonces hacer dedo o ir a dedo. Los domingos por la tarde llegaba al pueblo por el segundo medio y regresaba, ya de noche en autobús. El problema era la carretera, el pueblo estaba elevado sobre el valle y la carretera se perdía en vueltas y revueltas para llegar y eso suponía un obstáculo insalvable para mi estómago. Me mareaba, sí, me mareaba a manudo cuando subía, lo que hacía que no fuese raro que nada más llegar, o antes incluso, acabase vomitando. Pero lo peor era el regreso, el autobús era una trampa mortal, así que o vomitaba en el autobús o tenía que apearme mucho antes de llegar a mi destino lo que suponía una buena caminata, de noche, con frío o calor. Al principio, las ganas de verla eran mayores que el sacrificio que suponía ir, pero poco a poco los mareos, los vómitos y las caminatas nocturnas fueron minando mi determinación hasta que se la llevaron toda y con ella nuestros amores.