Poeta

Un día cualquiera, por azar, por diversión, como un juego, nuestro sujeto comienza a escribir. No importa lo que escriba, un poema, un relato, el esbozo de una novela o un ensayo, y no importa porque lo escrito acaba en mil pedazos dentro de la  papelera. Pero al día siguiente vuelve a intentarlo, y al otro, y al otro, hasta que un infortunado día al releer lo escrito hay más satisfacción que vergüenza. No se engaña, sabe que no es estimable, como mucho digno, pero es el comienzo. Y continúa escribiendo, poemas, relatos, novelas inacabadas, artículos, cada vez son más los salvados, siente que va, de una manera difusa, aprendiendo el funcionamiento del sistema y las palabras van ocupando folios y espacio en el disco duro. Pasan los años, hay épocas de mucha actividad y épocas de sequía, en estos se dedica a volver sobre antiguos trabajos, estimando, corrigiendo o eliminando. En uno de estos momentos lee sus poemas, setenta, ochenta lleva escritos. Los lee una, dos veces, y siente que algo no encaja, no se siente cómodo con ellos, los encuentra ajenos, fuera de su mundo. Comprende. Sabe que no ha sido, no es, ni será poeta. Con cuidado, como si se tratase de una reliquia,  los guarda en una carpeta y deja ésta en una estantería, acaso con el temor de tener que repetir este gesto más veces. Acaso con el miedo a no tener sensibilidad para escribir poemas, ni imaginación para escribir cuentos, ni fuerza de voluntad para escribir novelas.

 

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