Tiempos antiguos

– ¿Has visto lo de la marcha minera y todo eso?

– Sí
– ¿Y que te parece todo eso?
– No sé, seguro que tienen su parte de razón, pero todo eso del movimiento obrero, de la lucha de clases…
– No te gusta
– No, no es que me guste ni me deje de gustar, es que creo que es algo superado, antiguo.
– Es que estamos volviendo a vivir esos tiempos antiguos.
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Dios y el César

La iglesia católica tiene dos caras, una, a menudo olvidada y a la sombra de la otra, que actúa según lo que predica, que sirve a los demás, que realiza una gran labor con los olvidados, con los más débiles. La otra cara, el reverso de la primera, es la más notoria, la más pública, la más grande, la que se aferra con uñas y dientes al poder político y económico, al poder de influencia. Tristemente es la segunda la más visible en la historia reciente.

Por no remontarnos demasiado atrás y hablar de la Santa Inquisición, si tomamos los conflictos políticos y sociales de los últimos doscientos años de la historia de España, la iglesia católica no ha desperdiciado una sola ocasión para ponerse del lado de la facción más retrógrada, no ha dudado en aferrarse a sus privilegios terrenales, no ha tenido escrúpulos en ir del brazo del poderoso contra los débiles, ni en llevar bajo palio dictadores. Aún hoy quedan privilegios que se niegan a soltar, como la financiación que reciben de un estado que quiere ser llamado laico, no sólo para labores sociales (que puede ser comprensible) si no para actividades pastorales y proselitistas. Para mantener ese privilegio no dudan en mandar a sus fieles a la calle, no dudan en intervenir en política, no dudan en falsear estadísticas, no dudan en ignorar que lo de Dios es de Dios y lo del César del César.

Ser español

Nunca he logrado entender del todo conceptos como nación, patria o similares. Nunca he tenido muy claro que significa ser cántabro, español o paraguayo. Quiero imaginar que en cada caso hay una serie de características comunes y que determinan ser esto o lo otro, quiero imaginar que haya algo más que haber nacido aquí o allá, quiero imaginar que es algo más que la superstición de creer que un lugar es mejor que otro sólo porque uno ha nacido en él.

Buscando esas características, creo que he encontrado la que mejor define el ser español y es la voluntad terca e incansable de desacuerdo. Por encima de todo aquello que puede unir y servir para crear algo común, el español busca inagotable el asunto que pueda servir de lanzadera para el conflicto. Ese conflicto no admite debate ni discusión racional, ese desacuerdo busca la eliminación del otro, sus argumentos no pueden ser tenidos en cuenta porque el otro es visto como inferior moral, como despreciable, sus opiniones y, en algún caso, él mismo deben ser aniquilados.
Guerras civiles, conflictos sociales, nacionalismos … en todos ellos hay un ingrediente común, que es la incapacidad para ver al que está enfrente como igual, la tenacidad en despreciar al otro.

Minero

Nací y me crié en un pueblo minero, mi padre nació y se crió en un pueblo minero, mi madre  nació y se crió en un pueblo minero (que no era el mismo), uno de mis abuelos fue minero, en el escudo del municipio hay un pico. Valga esta introducción para añadir a continuación que esta madrugada me hubiese gustado estar en las calles de Madrid aplaudiendo a los mineros que llegaban tras tantos días de caminata.

Son un ejemplo, quizá el único, de dignidad, de honestidad, de decencia. Por ello no es extraño que la gente marche tras ellos, ellos luchan por su supervivencia, la de su familia, la de sus pueblos, pero para el ciudadano anónimo son la bandera del hartazgo, de la desesperación, del ¡basta! Se enfrentan a un gigante que quizá acabe devorándoles, pero que pasaría si hubiese más como ellos, si fuésemos como ellos.