Dios y el César

La iglesia católica tiene dos caras, una, a menudo olvidada y a la sombra de la otra, que actúa según lo que predica, que sirve a los demás, que realiza una gran labor con los olvidados, con los más débiles. La otra cara, el reverso de la primera, es la más notoria, la más pública, la más grande, la que se aferra con uñas y dientes al poder político y económico, al poder de influencia. Tristemente es la segunda la más visible en la historia reciente.

Por no remontarnos demasiado atrás y hablar de la Santa Inquisición, si tomamos los conflictos políticos y sociales de los últimos doscientos años de la historia de España, la iglesia católica no ha desperdiciado una sola ocasión para ponerse del lado de la facción más retrógrada, no ha dudado en aferrarse a sus privilegios terrenales, no ha tenido escrúpulos en ir del brazo del poderoso contra los débiles, ni en llevar bajo palio dictadores. Aún hoy quedan privilegios que se niegan a soltar, como la financiación que reciben de un estado que quiere ser llamado laico, no sólo para labores sociales (que puede ser comprensible) si no para actividades pastorales y proselitistas. Para mantener ese privilegio no dudan en mandar a sus fieles a la calle, no dudan en intervenir en política, no dudan en falsear estadísticas, no dudan en ignorar que lo de Dios es de Dios y lo del César del César.
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