Educación

La generación de mis padres creía que la educación era el camino para tener una vida mejor que la suya. Padres obreros, claro, para los otros era más sencillo, bastaba con heredar. Durante años insistieron, se preocuparon, abroncaron llegado el caso, para que estudiase, para que sacase buenas notas, “si el beneficio va a ser para ti”. La educación era, para gentes criadas con la cartilla de racionamiento, la misa obligatoria y el cara al sol en la escuela, el camino para salir de las estrecheces, para subir en la escala social, para ser uno de aquellos a loa que ellos miraban desde abajo: maestro, médico, ingeniero. Me pregunto que pensarían ahora, cuando se habla del escandaloso paro juvenil, de licenciados trabajando de becarios o con contratos basura a cambio de una miseria. Me pregunto que dirían al comprobar que la puerta que ellos creían de salida, se cierra cada vez más rápido, que la educación es un valor tan en desuso como la castidad. En tiempos de mis abuelos era todo más sencillo: la resignación a lo que dios mande o la revolución social.

A 900 kilómetros

 A 900 kilómetros de distancia no es sencillo juzgar a Sánchez Gordillo y el SAT, tampoco debería serlo desde una redacción de prensa, con el aire acondicionado encendido, tampoco desde el despacho de un ministerio o una consejería, con el chófer a la puerta para llevarte a casa. Pero se atreven a hacerlo. Quizá viviendo en un pueblo donde el paro pase del 40% las cosas se vean de otra forma. Quizá mientras el fantasma de la miseria, ése que parecía alejado hace unos años, llama a la puerta la perspectiva sea distinta, y no hablo de aquellos “pobres pero decentes” que decía mi abuela, sin un duro, pero con una vaca en la cuadra y patatas en el huerto, no, hablo de la miseria real y sórdida, de la de dormir al raso, de la “hoy no hay pa comer”. Quizá si en lugar de hablar en términos de legalidad se hiciese en términos de legitimidad las cosas se viesen de otra manera, porque legales son la pena de muerte o la prostitución en muchos lugares que se suponen democráticos.

La pregunta que ha hecho Sánchez Gordillo es que si es necesario que el derecho a enriquecerse de unos pocos se haga sobre las espaldas y la miseria de muchos, o dicho de otra manera, si en esa lista de derechos con la que a todos se nos llena la boca, el derecho a la propiedad privada es ilimitado y más importante que el derecho a una vida digna. Esa es la pregunta para la que aún no he oído respuesta.

A toda velocidad

Estoy conduciendo por una nueva autovía al volante de un modesto utilitario, la velocidad punta es de 90 km/h, podría ir a más velocidad, claro, a riesgo de que las bielas salgan volando por el costado. Me adelantan todos y llega un momento que me noto molesto, un poco enfadado por ir tan lento. Y empiezo a pensar en lo absurdo de la situación, ¿cuanto antes llegaría si fuese a 120? dos, tres minutos como máximo.  Mundo de locos, bajo la ventanilla y dejo que el aire cálido me dé en la cara.