A 900 kilómetros

 A 900 kilómetros de distancia no es sencillo juzgar a Sánchez Gordillo y el SAT, tampoco debería serlo desde una redacción de prensa, con el aire acondicionado encendido, tampoco desde el despacho de un ministerio o una consejería, con el chófer a la puerta para llevarte a casa. Pero se atreven a hacerlo. Quizá viviendo en un pueblo donde el paro pase del 40% las cosas se vean de otra forma. Quizá mientras el fantasma de la miseria, ése que parecía alejado hace unos años, llama a la puerta la perspectiva sea distinta, y no hablo de aquellos “pobres pero decentes” que decía mi abuela, sin un duro, pero con una vaca en la cuadra y patatas en el huerto, no, hablo de la miseria real y sórdida, de la de dormir al raso, de la “hoy no hay pa comer”. Quizá si en lugar de hablar en términos de legalidad se hiciese en términos de legitimidad las cosas se viesen de otra manera, porque legales son la pena de muerte o la prostitución en muchos lugares que se suponen democráticos.

La pregunta que ha hecho Sánchez Gordillo es que si es necesario que el derecho a enriquecerse de unos pocos se haga sobre las espaldas y la miseria de muchos, o dicho de otra manera, si en esa lista de derechos con la que a todos se nos llena la boca, el derecho a la propiedad privada es ilimitado y más importante que el derecho a una vida digna. Esa es la pregunta para la que aún no he oído respuesta.

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