Educación

La generación de mis padres creía que la educación era el camino para tener una vida mejor que la suya. Padres obreros, claro, para los otros era más sencillo, bastaba con heredar. Durante años insistieron, se preocuparon, abroncaron llegado el caso, para que estudiase, para que sacase buenas notas, “si el beneficio va a ser para ti”. La educación era, para gentes criadas con la cartilla de racionamiento, la misa obligatoria y el cara al sol en la escuela, el camino para salir de las estrecheces, para subir en la escala social, para ser uno de aquellos a loa que ellos miraban desde abajo: maestro, médico, ingeniero. Me pregunto que pensarían ahora, cuando se habla del escandaloso paro juvenil, de licenciados trabajando de becarios o con contratos basura a cambio de una miseria. Me pregunto que dirían al comprobar que la puerta que ellos creían de salida, se cierra cada vez más rápido, que la educación es un valor tan en desuso como la castidad. En tiempos de mis abuelos era todo más sencillo: la resignación a lo que dios mande o la revolución social.

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