La salida

En algún lugar de mi morada hay algún lugar que se llama “la salida”. La primera vez que escuché la expresión, la murmuraba una doncella moribunda, señalaba hacia el Este y repetía una y otra vez: “la salida”, “la salida”. Fui hacia el Este, pero no hallé más que una estancia tras otra (mi casa tiene más de cien).  Una tarde de verano un joven barbado, que portaba una espada y, extrañamente, un ovillo de hilo, me ofreció un trato, si le perdonaba la vida, él me mostraría “la salida”. Acepté y desde entonces vago libre por campos y ciudades, cobrándome mi tributo.

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