Huir

Dos semanas sin televisión, radio o internet, dos semanas en que las preocupaciones eran cercanas y tangibles, dos semanas en que he llegado a la conclusión de que sólo cabe esconderse y desaparecer para sobrevivir. Si no hay solución, como parece, si en este partido siempre ganan los mismos, si no hay esperanzas de salvación colectiva, sólo queda escapar y bajarse del tren que enfila el desastre. Fuera del mundo, fuera del siglo.

A toda velocidad

Estoy conduciendo por una nueva autovía al volante de un modesto utilitario, la velocidad punta es de 90 km/h, podría ir a más velocidad, claro, a riesgo de que las bielas salgan volando por el costado. Me adelantan todos y llega un momento que me noto molesto, un poco enfadado por ir tan lento. Y empiezo a pensar en lo absurdo de la situación, ¿cuanto antes llegaría si fuese a 120? dos, tres minutos como máximo.  Mundo de locos, bajo la ventanilla y dejo que el aire cálido me dé en la cara.

Rocinante

Hace unos cuantos años, cuando los descuentos para jóvenes me eran aplicables, andaba en bicicleta. Nunca de manera competitiva, pero sí con la frecuencia justa para decir que estaba en buena condición física. Los años, los kilos, las obligaciones me fueron apartando poco a poco de la bicicleta, que por su parte empezó a criar polvo en un trastero.

Hace unos días, sin motivo aparente, he vuelto a subirme sobre el viejo hierro. Digo viejo porque al ver los artefactos que ahora se ven por la calle, mi Gary Fisher parece de otro planeta (en realidad es del siglo pasado). He vuelto a sentir el dolor de piernas, el sudor por la cara, la fatiga, pero también el viento en la cara, el vértigo de las bajadas, el premio de coronar con esfuerzo cualquier subida. Para mí, que rara vez salgo en grupo, la bicicleta es una actividad solitaria e introspectiva, que a medida que fatiga las piernas aclara la mente. También la libertad de no depender de gasolineras, la calma de ver el mundo a otra velocidad, el esfuerzo recompensado, la capacidad de superación …

Tiempo perdido

Pienso en las veces que me he dormido ante el televisor mirando sin ver, pienso en las veces que he pasado la noche en vela peleando con fantasmas imaginarios, pienso en las veces que he malgastado palabras con gentes con las que no quería hablar, pienso en las veces en que encerrado en una oficina he deseado no estar. En lugar de haber estado bebiendo, durmiendo, leyendo, hablando, andando, comiendo, follando, verbos todos ellos sinónimos de vivir.  Pienso en el tiempo perdido. Ese material intangible más escaso y precioso que el oro o el petróleo. Pienso en aquel viejo chiste en que una pareja está comiendo en un restaurante. Que comida más mala, dice uno de ellos. Y que raciones más pequeñas, contesta el otro.

Felicidad

– Tienes que venir conmigo este verano – me dijo –  ya verás, en el sur la vida es diferente, la luz es diferente, la gente es diferente. Ven al sur conmigo, allí se está un poquito más cerca de la felicidad.

– La felicidad, dije riéndome, es un espejismo, una utopía.

– Al contrario, todos los días se toca durante al menos un momento.

– ¿Y el resto del tiempo? ¿Acaso ese momento justifica las veintitrés horas, cincuenta y nueve minutos restantes?

– No lo entiendes, pero ya verás, allí lo entenderás.

Finalmente acepté la invitación. Una madrugada de junio subimos en su coche y enfilamos la carretera en dirección sur. Amanecía sobre la inacabable estepa castellana cuando una gran sonrisa iluminó su rostro.

– Ya verás, en el sur la vida es diferente, la luz es diferente, la gente es diferente. Ven al sur conmigo, allí se está un poquito más cerca de la felicidad.

– La felicidad, dije riéndome, es un espejismo, una utopía.

– Al contrario, todos los días se toca durante un momento.

– ¿Y el resto del tiempo? ¿Acaso ese momento justifica las veintitrés horas, cincuenta y nueve minutos restantes?

– No lo entiendes, ni nunca lo entenderás. Es mejor que te bajes del coche.

Al principio y al final

Al principio, las primeras veces, lo más importante no es tener razón, es cerrar la herida, evitar cuanto antes el dolor, incluso pidiendo perdón sin sentirlo ni merecerlo. Más adelante lo principal es saber quien es poseedor de la verdad, la brecha durará más tiempo abierta, pero no importa, lo que cuenta es ganar, tener razón, lograr demostrar que el error es del otro. Finalmente llega un momento en que ninguna de las dos cosas es importante, más que nada porque ya no importa a ninguna de los dos.