Juanón

Juanón nunca ha tenido trabajo estable, ahora lleva tres años sin que nadie le contrate, no tiene ningún tipo de subsidio. Vive en una cuadra en el monte que fue de sus padres donde mantiene cuatro vacas y una burra, también heredadas de sus padres. Viste con ropa vieja, gastada, rota, hace meses que no sabe lo que es una ducha, que no sabe lo que es un billete de veinte euros. Bebe la leche de las vacas, come lo poco que da una miserable huerta, recibe alguna ayuda de familiares, recorre el pueblo, el monte con los ojos bien abiertos por si encuentra algo que pueda serle de utilidad y casi todo lo es.
Juanón no tiene ordenador, coche, teléfono móvil, no va de vacaciones, no va a restaurantes, no sabe lo que es twitter, no compra en las rebajas, no celebra cumpleaños. Juanón no aparece en las noticias, no suma en las estadísticas.
Juanón no existe.

Paraísos virtuales

La explosión de empresas que operaban en internet parece ahora tan lejana en el tiempo como la revolución industrial en Inglaterra, tiempos en que se nos mostraba el futuro al alcance de la mano, un futuro virtual que ahora parece materializarse en uno real. Hemos visto oficinas con futbolines y videojuegos, donde la informalidad parecía una norma, trabajadores que a la vez que desarrollaban su labor hacían la comida o acunaban a sus hijos, el tele-trabajo era una opción posible y tangible, un paraíso laboral, donde la creatividad, la iniciativa y el buen ambiente se desarrollaban sin dificultad. Hoy leo en la prensa (digital, claro) las denuncias del personal que trabajó para Amazon en las campañas de navidad, hablan de barracones donde se compartían habitaciones de cinco en cinco, de agentes de seguridad que vigilaban cada uno de sus pasos, de sueldos bajos … No hay más paraíso (virtual y real) que el beneficio económico.

A 900 kilómetros

 A 900 kilómetros de distancia no es sencillo juzgar a Sánchez Gordillo y el SAT, tampoco debería serlo desde una redacción de prensa, con el aire acondicionado encendido, tampoco desde el despacho de un ministerio o una consejería, con el chófer a la puerta para llevarte a casa. Pero se atreven a hacerlo. Quizá viviendo en un pueblo donde el paro pase del 40% las cosas se vean de otra forma. Quizá mientras el fantasma de la miseria, ése que parecía alejado hace unos años, llama a la puerta la perspectiva sea distinta, y no hablo de aquellos “pobres pero decentes” que decía mi abuela, sin un duro, pero con una vaca en la cuadra y patatas en el huerto, no, hablo de la miseria real y sórdida, de la de dormir al raso, de la “hoy no hay pa comer”. Quizá si en lugar de hablar en términos de legalidad se hiciese en términos de legitimidad las cosas se viesen de otra manera, porque legales son la pena de muerte o la prostitución en muchos lugares que se suponen democráticos.

La pregunta que ha hecho Sánchez Gordillo es que si es necesario que el derecho a enriquecerse de unos pocos se haga sobre las espaldas y la miseria de muchos, o dicho de otra manera, si en esa lista de derechos con la que a todos se nos llena la boca, el derecho a la propiedad privada es ilimitado y más importante que el derecho a una vida digna. Esa es la pregunta para la que aún no he oído respuesta.

Minero

Nací y me crié en un pueblo minero, mi padre nació y se crió en un pueblo minero, mi madre  nació y se crió en un pueblo minero (que no era el mismo), uno de mis abuelos fue minero, en el escudo del municipio hay un pico. Valga esta introducción para añadir a continuación que esta madrugada me hubiese gustado estar en las calles de Madrid aplaudiendo a los mineros que llegaban tras tantos días de caminata.

Son un ejemplo, quizá el único, de dignidad, de honestidad, de decencia. Por ello no es extraño que la gente marche tras ellos, ellos luchan por su supervivencia, la de su familia, la de sus pueblos, pero para el ciudadano anónimo son la bandera del hartazgo, de la desesperación, del ¡basta! Se enfrentan a un gigante que quizá acabe devorándoles, pero que pasaría si hubiese más como ellos, si fuésemos como ellos.

Radicales

En las calles hay de nuevo protestas, manifestaciones, indignación, hartazgo. Los llaman radicales, violentos, terroristas urbanos. La calle como lugar común, como lugar donde se puede expresar en libertad debe ser prohibida, vedada sólo para que pasen los coches.

¿Y que esperan que hagan? ¿Esperar cuatro años sentados frente al televisor? ¿Ignorar la estafa que comete el gobierno cada vez que toma una medida?
La brecha entre la sociedad oficial y la sociedad real es cada vez más grande y desde luego, esa sociedad real debe ser silenciada, callada, ocultada como ha estado siempre.

Vivimos tiempos extraños

Vivimos tiempos extraños. La imposibilidad de viajar en avión durante un día hace que el gobierno decrete estado de alarma (ni atentados de ETA, ni el  11M, ni catástrofes naturales habían merecido tal medida), intervenga el ejército, se acuse a los controladores de sedición, los medios de comunicación se alineen con el gobierno en la condena a los huelguistas, se decrete la caza de los bien pagados (este parece ser el motivo último de la indignación) controladores y, una vez más, se demonicen huelgas, liberados y sindicatos.

Vivimos tiempos extraños. El anuncio de la supresión del subsidio de  426 euros a los parados sin otro ingreso no ha conseguido que pase absolutamente nada. En la prensa encuentro cifras desde 250.000 hasta 650.000, pasando por unos concretísimos 338.952 afectados. No estamos hablando de pasar un puente, de un viaje de negocios o de llegar a casa con un día de retraso; estamos hablando de comer, de pobreza. Y ya digo, no pasa nada.