Amores ridículos

En el escueto álbum de recuerdos amorosos que uno guarda caben varios que podrían entrar en la categoría de lo que podríamos llamar, plagiando a Kundera, como amores ridículos. Hace muchos años, más de veinte conocí a una chica de un pueblo algo apartado del mío. Sin carné de conducir, no quedaba otra que coger el autobús o hacer autostop, o como se decía entonces hacer dedo o ir a dedo. Los domingos por la tarde llegaba al pueblo por el segundo medio y regresaba, ya de noche en autobús. El problema era la carretera, el pueblo estaba elevado sobre el valle y la carretera se perdía en vueltas y revueltas para llegar y eso suponía un obstáculo insalvable para mi estómago. Me mareaba, sí, me mareaba a manudo cuando subía, lo que hacía que no fuese raro que nada más llegar, o antes incluso, acabase vomitando. Pero lo peor era el regreso, el autobús era una trampa mortal, así que o vomitaba en el autobús o tenía que apearme mucho antes de llegar a mi destino lo que suponía una buena caminata, de noche, con frío o calor. Al principio, las ganas de verla eran mayores que el sacrificio que suponía ir, pero poco a poco los mareos, los vómitos y las caminatas nocturnas fueron minando mi determinación hasta que se la llevaron toda y con ella nuestros amores.

 

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