Rocinante

Hace unos cuantos años, cuando los descuentos para jóvenes me eran aplicables, andaba en bicicleta. Nunca de manera competitiva, pero sí con la frecuencia justa para decir que estaba en buena condición física. Los años, los kilos, las obligaciones me fueron apartando poco a poco de la bicicleta, que por su parte empezó a criar polvo en un trastero.

Hace unos días, sin motivo aparente, he vuelto a subirme sobre el viejo hierro. Digo viejo porque al ver los artefactos que ahora se ven por la calle, mi Gary Fisher parece de otro planeta (en realidad es del siglo pasado). He vuelto a sentir el dolor de piernas, el sudor por la cara, la fatiga, pero también el viento en la cara, el vértigo de las bajadas, el premio de coronar con esfuerzo cualquier subida. Para mí, que rara vez salgo en grupo, la bicicleta es una actividad solitaria e introspectiva, que a medida que fatiga las piernas aclara la mente. También la libertad de no depender de gasolineras, la calma de ver el mundo a otra velocidad, el esfuerzo recompensado, la capacidad de superación …

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