Tierra de Campos

Aquí el mundo se funde en dos colores. El ocre de las tierras y los pueblos y el verde del pujante cereal de la primavera. Aquí el mundo es plano y el horizonte adquiere su verdadero significado, como lo adquiere también la frase de Borges: “en la tierra de España hay pocas cosas, pero cada una parece estar de un modo sustantivo y eterno”. Tengo la impresión de que el mundo es así porque siempre ha sido así y siempre ha de ser así, el cielo de un azul vivo, el trigo meciéndose en la brisa, los pueblos de adobe como nacidos de la misma tierra, los hombres en los campos, oscuros y serios como el suelo que pisan y trabajan. Y la soledad, el espacio abierto sin fin y sin un alma en el horizonte. Y la inmensidad, la sensación de que aquí no hay lugar donde esconderse, cada cual solo con sus fantasmas. Y la carretera se pierde en una recta interminable, quizás esté, en realidad inmóvil, quizá todo esté inmóvil, quizá todo sea eterno y yo haya quedado atrapado en esa eternidad. O quizá esté navegando por un mar verde y amable, de suaves olas vegetales, de vez en cuando alcanzo pueblos como islas coronadas por viejas iglesias que no son sino faros en la llanura. Mis ojos van acostumbrándose a la distancia, a mirar más allá, siempre más allá, hacia ese confín que nunca llega, a buscar con la vista el inasible horizonte, a aprender a mirar el mundo de nuevo.

Inmensidad, soledad, eternidad, así se pinta ante mis ojos esta Tierra de Campos, mientras me deslizo invisible entre los trigales de la primavera.

 

Castilla

Estación de tren de pequeña capital de provincia. Cuatro de la tarde. Hace mucho rato que pasó el último tren y tardará aún más en volver a pasar el siguiente. Silencio. Una pareja de ancianos cargados de bolsas, una chica con un niño, un empleado de la estación. Todos parecen caminar despacio, más despacio. El tiempo parece detenido.

Al otro lado de las vías, frente a mí, se extiende ardiente la estepa castellana. Los campos de cereal mecidos por la suave brisa, extendiéndose en una llanura mullida, llenos de juventud, pujanza y esperanzas entre la primavera y el asador verano castellano. Más allá, mezclándose con el horizonte, unas colinas resecas cierran el paisaje, apenas unos matojos cubren su desnudez. Y el sol, siempre el sol, un sol vertical de junio que convierte el aire en fuego y pinta de gris metálico el cielo.

El termómetro marca treinta y seis grados y el reloj ha dejado de correr. Mis ojos se llenan de Castilla, me acuerdo de Machado y siento un poco más cerca esta seca, amable, vieja y olvidada tierra.