Güelfos y gibelinos

Allá por los años 60 o 70, se contaba el siguiente chascarrillo: en Moscú no se sabe nada, pero se entiende todo, en Roma, en cambio, se sabe todo, pero no se entiende nada. El recuento de votos ha acabado en Italia y, una vez más, nadie entiende nada. Desde el norte se entiende aún menos. En la misma ciudad, el Para Ratzinger renuncia, dicen que devorado por intrigas de pasillo. Dos hechos más o menos coincidentes en el tiempo y seguramente también en el fondo. En el norte, en Alemania por ejemplo, se observa con estupor a los países del sur, clientelistas, tramposos, con escaso o nulo respeto por las normas. En el sur, en Italia por ejemplo, se observa con desconfianza a los vecinos del norte, soberbios, dominantes, incluso imperialistas. Nada nuevo bajo el sol, el norte austero, sobrio, honesto y con tendencia al fanatismo contra el sur derrochador, corrupto y con tendencia a perdonar todos los pecados. Protestantes y católicos, romanos y germanos, güelfos y gibelinos, Merkel y Berlusconi. Un desencuentro histórico, cultural, social que lejos de mitigarse parece aumentar con la misma intensidad que lo hace la crisis política y económica.

Propósitos

Me propongo no escribir sobre política, al menos la política de los políticos, me propongo no escribir sobre corrupción, me propongo no escribir sobre números, sobre porcentajes, me propongo no escribir sobre desahucios  sobre bancos, sobre multinacionales. Me propongo escribir sobre el milagro de despertar, de descubrir que la que duerme a tu lado respira, de observar las manos pequeñas e increíblemente diestras moverse, de recibir una sonrisa en la escalera, de admirar un  felino movimiento de caderas, de saborear una cerveza fría una tarde de verano, de ver anochecer en solitario … Pero por más que lo intento, un paisaje lleno de rencor, cainita, inculto y mezquino no deja de llamar a la ventana.

Compraventa

En una de las tertulias matinales, esta mañana me sorprendo al encontrar una voz que no repite los mismos tópicos ni se apunta perezoso a la corriente general. Habla del robo del sistema democrático, de que las multinacionales, los mercados, los especuladores se han apropiado del poder. Me sorprendo, por segunda vez, de estar, en lo básico de acuerdo. Sin embargo, discrepo en el verbo, no nos han robado la democracia, nos la han comprado, a cambio de un segundo coche, de un chalet adosado, de unas vacaciones todo incluido, del último aparato electrónico, de unas tetas de silicona, o peor aún, de la promesa de tenerlo.

Pensándolo mejor, lo que nos han dado a cambio es miedo. El miedo a perder ese segundo coche, ese chalet adosado, esa promesa de felicidad material.

Nuevo dios

En el siglo XVIII se inicia en occidente un proceso, que consigue poner al individuo en el centro del pensamiento. Ese proceso queda finalmente por escrito con la Declaración de Derechos del Hombre en  el dolorido y doloroso siglo XX. La razón por encima de la superstición, la justicia sobre la arbitrariedad, son ideas, que aunque lejos de llegar a cumplirse en un porcentaje aceptable, iluminan el camino y reconfortan de alguna manera. Con el cambio de milenio el proceso ha comenzado a invertirse, en nombre de la seguridad se recortan libertades, en nombre del progreso se pisan derechos, en nombre de la economía se sacrifican pueblos.

El Mercado es el dios de nuestro tiempo, en su nombre todo está permitido, en su palabra está la verdad. Como el dios de Abraham es juez y parte, caprichoso, puede ser generoso o cruelmente vengativo, arbitrario o justo a su antojo.

Lo anterior no deja de ser una broma, apocalíptica si se quiere, pero una metáfora de la realidad. La prensa nos fustiga cada día con noticias del tipo: “los mercados exigen reformas”, “los mercados castigan a Irlanda”, al final lo que están diciendo es que hay que renunciar a derechos laborales para contentar a esos mercados, que hay que inundar los bancos de dinero público para contentar a los mercados, que hay que proteger a las grandes multinacionales para que los mercados nos perdonen. Ante tal avalancha de ¿información? se me ocurre preguntar ingenuamente: ¿quienes, con nombre y apellido, intervienen en los mercados? ¿quien, con nombre y apellido, compra deuda pública? ¿quien, con nombre y apellido, decide que un país es más o menos solvente? Contestar a esas preguntas sería informar, no repetir la consigna del que manda.