Dioses y demonios

Escribo, dijo el sujeto A, por vanidad, porque he dado en suponer que lo que tengo que decir no sólo interesa a los demás, además es necesario decirlo, el mundo sería peor si yo no escribiera.

Escribo, dijo el sujeto B, por que mi vida se me queda pequeña, necesito crear mundos, seres, vidas para poder escapar de la mía, aunque sea un momento.

Escribo, dijo el sujeto C, por la gloria, porque no hay recompensa mayor que oír alabanzas unidas a un nombre que es el tuyo en bocas ajenas.

Escribo, dijo el sujeto D, por el placer de crear hombres y mujeres, ciudades y montañas, países y océanos, por el placer de dar y quitar la vida. Escribo para ser Dios.

Números y letras

Martín Ulises Piedra y Guillermo Saiz son dos nombres de escritores. El primero es el autor del mayor éxito editorial de los últimos cinco años, su libro El flautista triste, ha encabezado la lista de los más vendidos durante meses. El segundo es menos conocido para el gran público, ganador de algún premio menor, goza de cierto prestigio en ambientes literarios, pero sus libros, cada uno muy distante del anterior y moviéndose siempre en el margen de cualquier moda o estilo nunca serán best-sellers.

Poca gente sabe que ambos son la misma persona. Preguntado por la razón de esta duplicidad de nombres y personajes, contesta que es una división necesaria, dado que ambos se mueven en dos ámbitos muy distintos, el uno hace libros de números, el otro de letras.

Punto y coma

Fue una de las pocas ocasiones en que he permitido que un extraño se asomase a mis papeles. Era una mujer, tras leer atentamente un par de relatos cortos, se quedó pensativa y, sintiéndose obligada a hacer algún comentario inteligente sobre el asunto, más allá del bonito o feo, del me gusta o no me gusta, (recordemos que ella también jugaba a ser escritora), sentenció: me encanta lo bien que usas el punto y coma.

 

Justificación (II)

Esta mañana, mientras la lluvia empujada por el viento me golpeaba en la cara, frente a los eucaliptos, (ocálitos, que leches), mientras intentaba adivinar si las cebollas, los ajos o las espinacas eran capaces de atravesar la tierra negra empapada y buscar el sol; esta mañana, decía, me acordaba de aquel amigo que el otoño pasado me echaba en cara mi pereza para escribir, es una pena, lamentaba. Otro amigo, el del espejo, intentando buscar una explicación para esa inactividad me dio una idea. Tal vez sea una buena razón, una mala excusa, o un regular juego de palabras, el caso es que a mí me gusta.

La literatura es, entre otras muchas cosas, una forma de vivir otras vidas, de ver otras realidades, mucho más atractivas que el mundo gris, rutinario y triste por el que nos movemos. Pues bien, si acaso escribía para vivir otras vidas, una razón para que ya no escriba es que la mía merece la pena ser vivida en toda su intensidad, con todos sus altos y sus bajos. Para que huir de donde se está a gusto.

Sí, he evitado la palabra felicidad. Lo hago consciente de que la felicidad no es más que un relámpago. Me interesa más la lluvia incesante, suave y dulce que un improbable y esquivo rayo.

 

Una navidad

Vísperas de Navidad, en un bar dos hombres conversan mientras tienen entre las manos sendos vasos de cerveza. Uno de ellos se fija en una revista que descansa en una esquina del mostrador. Es un suplemento dominical y, por supuesto, dadas las fechas, está dedicado a la Navidad. “El look más glamuroso”, “Las joyas más sofisticadas”, “Los regalos más sorprendentes”, “La decoración más íntima”, rezan los distintos titulares, mientras en el centro una hermosa modelo nos muestra un llamativo vestido de fiesta. El hombre sonríe con tristeza y se dirige al otro:

– Vaya mierda, no entiendo como pueden hacer un periódico lleno de miseria, de muertos en Irak, de mujeres asesinadas delante de sus hijos y a la vez vendernos esa falsa Navidad.

– Es la vida misma, tío, hay de todo, lo mejor y lo peor, así es el ser humano.

– Será pero a mí me parece casi pornográfico.

– Tienes razón, pero creo que exageras un poco.

– Al contrario, habría que exagerar más. Si ahora mismo una andanada de mundo real irrumpiese en la sede del periódico y le pegase fuego, no sería yo quien lo condenase.

– Me parece que estás un poco, o un mucho, en plan demagógico.

– Puedes llamarme demagogo, pero ¿mentiroso?

 

Justificación

Es una pena, me decía un amigo no hace mucho, apenas escribes últimamente, al menos mucho menos que hace cuatro, cinco o seis años. La pena era, y son palabras suyas, que había llegado un momento en que parecía que podía llegar a escribir bien. Será que no tengo nada que contar, le contesté tomándome a broma lo que, sin duda, no lo era.

Aquella ocurrencia, ni brillante ni original, al menos me pareció oportuna. Hoy, además, me parece que es verdad. Seguramente no tenga demasiado que contar, o mejor dicho, lo que tengo que contar o lo que puedo contar no le interese a demasiada gente. En la época que recordaba aquel amigo dudo que lo que tuviese que contar fuese más interesante. Simplemente era más vanidoso. Borges afirmaba enorgullecerse de los libros que había leído, no de los que había escrito, también que el acto de leer era más humano, más civil, que el de escribir.

Me cuesta más escribir, es cierto, pero me cuesta menos leer, pasear, perderme en el monte, mirar las nubes, sentir el viento, meter las manos en la tierra, beber vino, reírme de mi sombra.

 

Transparencias

En una ocasión, un hombre al que apodaban “el loco” me aseguró ser un extraordinario pintor, el mejor de esta época, así se definía. Más por cortesía que por interés accedí a visitar su casa y dejé que me mostrase sus pinturas. Te voy a mostrar mis pinturas y dibujos de los últimos cinco años, dijo, es mi época gris, he ido dejando que el color se pierda entre líneas y figuras. Puso ante mí, lienzos y papeles, quizá más de cincuenta. Todos ellos estaban en blanco. No pude evitar una sonrisa de superioridad que él notó. Perdona, dijo sonriente, se me había olvidado decirte que mis pinturas son transparentes. Está realmente loco, pensé.

Aquello ocurrió hace muchos años. Mis ojos no fueron capaces de descubrir sus trazos transparentes sobre el blanco. Pero el loco pintaba la vida. El mundo está lleno de vidas transparentes, las calles están llenas de gentes que tras una apariencia gris y anodina esconden vidas maravillosas, emocionantes y llenas de luz. Claro que no se ven, son transparentes. Le conté todo esto a una mujer, me miró con la misma expresión que yo había mirado hace años. Sonreí. Tú eliges, le dije, una vida en color hecha de carreteras, colas y relojes o una maravillosa vida transparente. La doctora eligió la primera y decidió que lo mejor era internarme.