Día de invierno en Sejos

Aquellas nubes gris oscuro no presagiaban nada bueno. Miraba hacia el cielo más que a donde pisaban mis pies. A medida que iba ascendiendo el frío iba en aumento y el sol hacía ya un buen rato que había desaparecido ahogado en aquel mar oscuro y amenazante. Y no era porque no estuviese advertido, me habían repetido que no era una buena idea ir solo a aquella montaña, y mucho menos a finales de Noviembre. Pero, por supuesto, no les había hecho el menor caso. Me faltaba, como me pasa a menudo, un poco de sensatez y me sobraba otro poco de confianza. A estas alturas no pienso volverme, pensaba, al fin y al cabo la cima estaba ahí, a unos pocos metros sobre mi cabeza, casi al alcance de la mano, a una hora escasa de empinada subida. La subida era más dura de lo que parecía, el frío más intenso y la hora se convertía en una hora larga, por decirlo suavemente. Por un momento cruzó por mi cabeza la posibilidad de regresar. “Soldado que huye sirve para otra guerra”, afirman los italianos. Pero yo no pensaba en italiano, y dispuesto, una vez más, a meter en la boca un bocado más grande de lo que podía tragar seguí hacia arriba.

Lo había logrado, sí, pero aquellas malditas nubes amenazando desde el norte. Todavía jadeante por la dureza de la parte final de la ascensión realizada, además a buen ritmo; intentaba recuperarme cuando las nubes dejaron de amenazar para golpearme al fin. De pronto me vi envuelto en un mar de algodón agitado por una maremoto. Los copos de nieve volaban a mí alrededor y se estrellaban contra mi rostro. El viento del norte golpeaba contra mi cuerpo y empujaba la nieve contra mí. Todo era blanco, delirante y hermoso. y peligroso. Había que bajar. Pero ¿por donde? Aquella blancura uniforme hacía muy difícil localizar el camino por el que había subido. Escogí una ruta basándome en la intuición y comencé a descender. A medida que perdía altitud se abría mi vista, permitiéndome ver algunos metros por delante de mí. ¿Estaba en el buen camino? Ni idea. ¿Dónde está ahora tu confianza, Doctor Livingstone? De pronto un corte vertical en el terreno se abre ante mí, este barranco no debía estar allí. ¿Cuál era el camino? ¡Que diablos! Me dije, si continuo caminando a algún lugar llegaré, recordaba del dialogo de Alicia con el conejo decidí bordear el precipicio hacia la derecha, hacia el sur. A los pocos metros se acababa la dirección sur. Pues hacia el oeste. La cuestión era no pararse. Esta piedra me suena. Ahora si estaba seguro, estaba en el buen camino. Allá abajo debía atravesar un riachuelo por una vado. Y no me equivocaba, vaya, por una vez, al menos. Crucé el regato y a los pocos metros me internaba en el bosque. ¿Qué diablos hacía yo por ahí arriba? Mi lugar es éste, en el bosque. Caminaba entre aquellas hayas fuertes y amables y recobraba la alegría y la confianza. El sonido del viento por encima de las copas de los árboles, el desfile de los árboles de Navidad más hermosos, un bosquecillo de acebos, el riachuelo cantando a mi lado. Y todo para mí. Ya no me preocupaba del frío, del viento, del tiempo o del camino. Estaba seguro de que aquel bosque me habría de llevar por el buen camino. Confiaba en que en cualquier momento una anjana menuda y hermosa, ataviada con su vestido vegetal saldría desde detrás de uno de aquellos troncos para darme la mano y conducirme hacia el pueblo. No apareció, porque no me hizo falta, pero estoy seguro de que andaba por allí cerca, se notaba su presencia. Si no como explicar que la nieve cayese como plumas de ganso, que el viento no se notase y que la temperatura fuese subiendo.

Tras un recodo  del camino el horizonte se abrió mostrando un poco más abajo, abrigado junto al río la aldea. Las paredes de piedra, las casas apretadas, la torre de la iglesia y el humo saliendo de las chimeneas. Aquel humo que olía a hogar, a paz. Sentarse frente al chispeante fuego de la chimenea. Aspirar el perfume de haya. Quitarse las botas y sentir como vuelve a correr la sangre por los helados pies. Acercar las manos al fuego y dejar que el calor se enrede en los entumecidos dedos, notar como baila a su alrededor el humo hasta llegar a la cara. Notar su caricia y dejarle llegar hasta los ojos hasta que estos lloren. Nadie debería verse privado de estos placeres.

 

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