Nuevo dios

En el siglo XVIII se inicia en occidente un proceso, que consigue poner al individuo en el centro del pensamiento. Ese proceso queda finalmente por escrito con la Declaración de Derechos del Hombre en  el dolorido y doloroso siglo XX. La razón por encima de la superstición, la justicia sobre la arbitrariedad, son ideas, que aunque lejos de llegar a cumplirse en un porcentaje aceptable, iluminan el camino y reconfortan de alguna manera. Con el cambio de milenio el proceso ha comenzado a invertirse, en nombre de la seguridad se recortan libertades, en nombre del progreso se pisan derechos, en nombre de la economía se sacrifican pueblos.

El Mercado es el dios de nuestro tiempo, en su nombre todo está permitido, en su palabra está la verdad. Como el dios de Abraham es juez y parte, caprichoso, puede ser generoso o cruelmente vengativo, arbitrario o justo a su antojo.

Lo anterior no deja de ser una broma, apocalíptica si se quiere, pero una metáfora de la realidad. La prensa nos fustiga cada día con noticias del tipo: “los mercados exigen reformas”, “los mercados castigan a Irlanda”, al final lo que están diciendo es que hay que renunciar a derechos laborales para contentar a esos mercados, que hay que inundar los bancos de dinero público para contentar a los mercados, que hay que proteger a las grandes multinacionales para que los mercados nos perdonen. Ante tal avalancha de ¿información? se me ocurre preguntar ingenuamente: ¿quienes, con nombre y apellido, intervienen en los mercados? ¿quien, con nombre y apellido, compra deuda pública? ¿quien, con nombre y apellido, decide que un país es más o menos solvente? Contestar a esas preguntas sería informar, no repetir la consigna del que manda.

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