El final de la sequía

El final del verano era una esperanza y, en los llanos al sur de la montaña, casi una utopía. Las tierras, las cosechas, los animales y los hombres anhelaban agua. El fantasma de la sed y el hambre, el recuerdo añejo y cruel de la miseria grabados a fuego en el alma del ser humano desde el día de la caída.

Señales, signos, una nube gris, un cambio en el viento, el vuelo de las golondrinas, insectos. Unos ojos que ven, muchos que creen ver, el aire se carga de humedad, se siente en la piel, está cerca, una nube pionera comienza a descargar tímidamente. Agua, por fin agua. La cara se alza hacia el cielo, el agua corre por el rostro, mezclando su frescor y su dulzura con el calor y la sal de las lágrimas, que arrebatadas de gozo, corren libres.

El fin de la sequía es un grito, es aroma a tierra mojada, es un escalofrío en la piel, es una borrachera de verde y azul, es promesa de vida.

 

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