Justificación (II)

Esta mañana, mientras la lluvia empujada por el viento me golpeaba en la cara, frente a los eucaliptos, (ocálitos, que leches), mientras intentaba adivinar si las cebollas, los ajos o las espinacas eran capaces de atravesar la tierra negra empapada y buscar el sol; esta mañana, decía, me acordaba de aquel amigo que el otoño pasado me echaba en cara mi pereza para escribir, es una pena, lamentaba. Otro amigo, el del espejo, intentando buscar una explicación para esa inactividad me dio una idea. Tal vez sea una buena razón, una mala excusa, o un regular juego de palabras, el caso es que a mí me gusta.

La literatura es, entre otras muchas cosas, una forma de vivir otras vidas, de ver otras realidades, mucho más atractivas que el mundo gris, rutinario y triste por el que nos movemos. Pues bien, si acaso escribía para vivir otras vidas, una razón para que ya no escriba es que la mía merece la pena ser vivida en toda su intensidad, con todos sus altos y sus bajos. Para que huir de donde se está a gusto.

Sí, he evitado la palabra felicidad. Lo hago consciente de que la felicidad no es más que un relámpago. Me interesa más la lluvia incesante, suave y dulce que un improbable y esquivo rayo.

 

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Identidad

Cuando usamos la primera persona para referirnos a nosotros mismos, ponemos mucho más interés en el verbo que en el pronombre. Usamos el yo con una naturalidad a la que no encuentro sentido. Si medimos la realidad en tres dimensiones, largo, ancho y alto, y una cuarta, el tiempo, con que razón puedo afirmar que un tal Conrado que se movía por el mundo hace quince años es el mismo que está escribiendo ahora mismo. Damos por supuesto que el tiempo es continuo, lo cual es tan falso o tan cierto como lo contrario. Analizando el ejemplo, aquél individuo, amaba el anonimato de las ciudades, éste la soledad de los montes. Aquél disfrutaba con la confrontación, le gustaban los extremismos y tener razón, éste prefiere el silencio y no perder el tiempo en luchas estériles. Aquél gustaba de perderse entre los versos más complejos, éste prefiere la prosa desnuda y precisa. Aquél creía que la verdad podía ser medida y pesada, observada y guardada en un cajón, y, por supuesto, el cajón lo tenía él. Éste sabe que la verdad está en todos lados y no está en ninguno, está en todas las cabezas y en todas está la equivocada. Éste sabe que cuanto más aprende y estudia menos sabe, lo cual, además, le parece una bendición del cielo.